Holanda, un lamentable retroceso
 

Calibán, número 19, enero 2001 Debates

 

Con la reciente legalización de la eutanasia en Holanda, únicamente se ha dado estatuto jurídico a una práctica ya conocida y bastante difundida. Por mi parte, como ya saben algunos, estuve muriéndome en tres ocasiones durante los últimos diez años. Dos de estas agonías las cuento en Sobre la marcha, el libro que publiqué tras el accidente que me dejó tetrapléjico (puede consultarse en las páginas de Internet que publico, donde ofrezco también una amplia sección sobre eutanasia). Por fortuna para mí, en el ambiente hospitalario y familiar en que me desenvuelvo se considera que hay que hacer por un enfermo todo lo que sea razonable para mantenerlo con vida. No se trata de extralimitarse en tratamientos desproporcionados, pero tampoco de tomar por extraordinario lo que está hoy cada día al alcance de nuestros hospitales, o el cuidado meramente humano, en ocasiones tan costoso o más que el técnico o material. Concretamente, en mi caso, que no puedo mover más que la cabeza, la atención humana –nada sofisticada por otra parte– es lo que resulta más costoso, una vez superadas las crisis que, como digo, más de una vez me han puesto al borde de la muerte.

Comentan y comentarán algunos que con la nueva ley, muy estricta porque se refiere a un enfermo incurable, que padezca un insoportable sufrimiento y que desee libre e insistentemente morir, se garantiza mejor la legalidad de una situación corrupta en la práctica. En efecto, son muy conocidos de todos por la prensa diaria los casos psiquiátricos: enferma de 25 años con anorexia mental muerta a petición suya por su médico; mujer de 50 años separada de su marido y que sus dos hijos murieron en un accidente que pide la muerte y lo consigue, y su médico, el psiquiatra de nombre Chabot fue absuelto después haberle causado la muerte; el senador socialista holandés Brongersma solicitó y obtuvo de su médico la muerte dulce estando sano, porque se había cansado de vivir.

Los anteriores ejemplos, aunque son de personas mentalmente patológicas sin ser terminales, alguien podría considerarlos voluntarios bajo algún aspecto. Recordemos por eso que son numerosas las eutanasias llevadas a término en Holanda contra la voluntad del paciente. Mucho se ha comentado, por ejemplo, el caso de la religiosa que naturalmente –pensaba su médico–, por sus profundas, convicciones no se la pediría jamás a pesar del dolor.

El doctor Karel Gunning, presidente de la Federación Mundial de Médicos que Respetan la Vida cuenta algunos más: "conozco un internista que atendía a una enferma de cáncer pulmonar a la que le sobrevino una crisis respiratoria, que hizo necesaria su hospitalización. La enferma se rebela: ¡no quiero la eutanasia!, implora. El médico la lleva a la clínica y permanece a su lado. Después de 36 horas la enferma respira con normalidad, las condiciones generales han mejorado y el médico va a dormir. A la mañana siguiente, no encuentra a su paciente: un colega la había finalizado porque faltaban camas libres". Otro caso más: "Un enfermo de alzheimer que fue hospitalizado en una casa de discapacitados físicos. Una semana después, la familia lo encontró en estado de coma. Sospechan algo y lo trasladan al hospital, donde el enfermo se recupera después de una transfusión intravenosa de tres litros de líquido. Le habían dejado deshidratarse. Después ha vivido, que yo sepa -apunta el doctor Karel Gunning-, por lo menos otro año. Y un último suceso, para terminar por hoy, "me lo contaba un colega: un paciente anciano hospitalizado, en agonía. El hijo pide a lo médicos que aceleren el proceso, de modo que el entierro de su padre pudiera realizarse antes de su marcha al extranjero para las vacaciones ya programadas. Los médicos así lo hacen, y aumentan la morfina. Pero, contra lo previsto, poco después el enfermo se sienta en la cama; está incluso de buen humor. Finalmente, había conseguido la cantidad de morfina suficiente para calmar sus dolores, ¡y se encontraba mejor!".

Si así venían siendo las cosas hasta ahora, parece lógico pensar que en adelante los partidarios de la eutanasia se sentirán liberados para ejercerla más ampliamente según su criterio. De hecho, en la mayoría de los casos las condiciones para la legalidad son muy opinables y arbitrarias, también si son varios los médicos que opinan lo mismo: si un enfermo es terminal, incurable, o si su dolor que es propiamente insufrible. Por no tratar de lo imposible que es probar la libertad que tenía paciente, una vez muerto éste.

"Pero es que se trata de garantizar la voluntad del enfermo, de respetar su libertad individual", se argumenta. Y "la eutanasia sólo se le practicará a los que libremente la soliciten, asegurando de modo indudable que se deciden en perfecto uso de sus facultades", se insiste. Si esto fuera realmente cierto, posiblemente aquí estaría el verdadero núcleo del problema. Porque, contra lo que dicen algunos, esa pretendida libertad individual no es, ni mucho menos, un valor que deba ser salvaguardado en toda persona. Si así fuera, habría que tolerar la conducta de todos los delincuentes, si actúan en libertad. Más bien, convendrá fijarse ante todo en el contenido concreto de lo que se permite o se prohíbe con la norma legal. La legislación en general pretende ajustar las conductas individuales –rebeldes en ocasiones– a unos criterios objetivamente rectos para el individuo y para la sociedad. Y como de lo que se trata con la eutanasia es de matar a una persona, no parece que se pueda consentir con la petición, tampoco del propio interesado. Aunque el que va a morir pida su muerte, alguien le mata y no se puede conceder el derecho a quitar la vida, entre otras razones por la penosa experiencia holandesa anterior ya a la legalización.

Por otra parte, no somos cosas que cuando no interesan se desechan, como hacemos con un vehículo que no compensa mantener porque produce más gastos que beneficios. El hombre está renunciando a su propia dignidad y grandeza cuando a sí mismo se cosifica: se autoconvierte por la legislación en un producto, en algo que se hace cuando interesa y, si no interesa, se deshace. Muy distinto es ayudar verdaderamente a morir, que no matar, procurando todo el bien posible para el individuo en sus momentos últimos: tratando su dolor, su soledad, su abatimiento, etc. Algo ciertamente más costoso que una inyección letal, pero más digno y honroso para la persona. Es lo que ya se lleva a cabo en los centros médicos especializados en medicina paliativa.

Con esa mentalidad holandesa –la de los que han hecho posible esa ley– yo hubiera muerto ya sin duda. Mejor dicho, me habrían dejado morir. Porque ahí estaban los medios técnicos y humanos para ser empleados en situaciones como la mía. Hubiera sido, desde luego, más sencillo, más económico y, sobre todo, mucho más cómodo para los demás dejarme morir. Pero, como dije, el entorno humano en el que vivo sabe distinguir, por su dignidad, el valor de una vida humana del de tantas otras realidades que no merecen el mismo interés.

Como es sabido, bastantes enfermos holandeses de cierta edad, prefieren ser tratados de sus dolencias en otros países, por el temor a que se les aplique un fármaco letal en Holanda sin su consentimiento. Esto indica lo habitual que venía siendo ya la práctica eutanásica. Naturalmente cada vez pesan más los motivos económicos –aunque no sólo esos– pues, como se ha dicho más de una vez, algunas personas ya no producen y resultan más baratas muertas que vivas. Confiemos en que nunca se nos valore con criterios de mera utilidad.

Luis de Moya
ldemoya@unav.es
http://www.luisdemoya.org/

Documentado de Maurizio Blondet Avvenire 5.XII.2000

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