¿PERSONAS QUE NO COMPENSAN?

  La eutanasia, un modo de no aceptar el valor de la persona

A vuelapluma, enero 2001

En 1991, un accidente de tráfico inmovilizó, de la cabeza a los pies y de por vida a Luis de Moya, capellán de nuestra universidad. Sin embargo, nadie lo diría si no lo viera en su silla. A pesar de su tetraplejia, Luis es, como tantas otras personas que sufren deficiencias, un ser con nombre propio, dueño de una intimidad que sólo él conoce, capaz de crear, de soñar y de vivir una vida propia en esencia. Alguien dotado de los bienes preciosos de la libertad, de la inteligencia, de la capacidad de amar, de reír, de perdonar y de regalar al prójimo una infinidad sorprendente de conocimientos, esperanzas e ilusiones.

Para Luis de Moya, el hecho de ser sacerdote es lo más importante, y la actitud con la que afronta su enfermedad se debe, en gran parte, a su fe y a su condición sacerdotal: "Yo no podía, no debía, buscar el mero sentirme cómodo o lo menos contrariado posible entre mis cuatro paredes, como si no pudiera hacer otra cosa, como si ya nadie esperara nada de mí. Si hubiera caído en ese planteamiento, habría condenado mi vida al lamento permanente como telón de fondo. Consentir en esa visión tan negativa de mi situación, hubiera supuesto, aparte de pactar con una falsedad, autocondenarme al victimismo. Ir por el mundo con complejo de víctima y dando pena se me hacía poco gallardo y un tanto falso, porque veía con claridad que teniendo la cabeza sana no había razón para no utilizarla con provecho".

Al igual que él, hay muchas otras pesonas que en su situación, o incluso peor, también viven con gran entusiasmo. Y es que lo que humilla o hace sentirse digno a la persona no es la propia enfermedad, sino la actitud de los que rodean y cuidan al enfermo; con un gesto, con el modo de mirar o de tocar, con la actitud, se reafirma al enfermo en su identidad, es decir, se le afirma en su propia dignidad o se le hace sentir que ya no es más que un objeto desagradable y molesto. "Una persona que se siente querida no puede desear la muerte en ninguna circunstancia", afirma Luis de Moya.

Por eso, más que empeñarse en legalizar el acto de matar, hay que hacer un esfuerzo serio para eliminar las razones que pueden llevar a algunos a pedir que se les mate: es más difícil, pero ahí está el verdadero progreso de la sociedad. Es importante volver a introducir valores humanísticos en la medicina y devolver al enfermo terminal la dignidad que toda persona tiene, porque es la única forma de ayudarle a resolver su angustia y a convertir la actual cultura de la muerte en una cultura de vida. Por indignas que sean las condiciones de la vida de una persona, ésta, por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, tiene siempre la misma dignidad. El gran error está en que cuando no se acepta el valor de la persona en sí misma, se produce la opción de no respetarla --en la forma de la legalización de la eutanasia-- porque algo es digno cuando es valioso en sí mismo, y no sólo ni principalmente por su utilidad.

(Luis de Moya es autor del libro SOBRE LA MARCHA publicado por Ed. Edibesa, tiene un sitio en la red www.unav.es/capellania/ldm y su correo-e es ldemoya@unav.es)

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